Blog de Manuel Saravia

Felicidad

1. La felicidad es caprichosa. “La tristeza no tiene fin, la felicidad sí”. Lo decía Vinicius de Moraes y debe de ser, por tanto, cierto. “É como esta noite, passando, passando / Em busca da madrugada”. Vale. También expresa una idea parecida, aunque demorándose algo más, Antonio Gala en El manuscrito carmesí: “Siempre admiré la lucidez de aquel califa del esplendor omeya que redactó su testamento con moroso cuidado. Al comienzo se definió a sí mismo con resplandecientes oleadas. ‘Fui rey durante cincuenta años de la ciudad más hermosa del mundo, y, por si algún esplendor le faltaba, junto a ella construí otra aún más hermosa: la fulgurante joya de Medina Azahara. Amé a la mujer más bella de la Tierra (la divina Azahara), y ella me amó. A mi corte se acogieron los filósofos más profundos, los poetas más sutiles, los más alados músicos…’ Y así continuaba, entre vanaglorias e hipérboles, como si hubiese creado un cielo y residido en él. Hasta concluir su personal definición con una escueta frase: ‘Y fui feliz catorce días’. Pero asombrado él mismo de esta arrogancia última, añadió: ‘No seguidos”. La felicidad, por tanto y en el mejor de los casos, esquiva, intermitente, dispersa.

2. También es generosa y en ocasiones viene sin que se la llame. Algunos creen que se localiza en ciertos lugares idílicos. Como el país de Jauja, ese mítico lugar que nos describe Lope de Rueda en “El Deleitoso”. Allí hay un río de miel y otro de leche, y entre ellos, “una fuente de mantequilla encadenada de requesones”. Los árboles son de tocino, sus hojas hojuelas y sus frutos buñuelos. Las calles están empedradas con yemas de huevos, “y entre yema y yema un pastel con lonjas de tocino”. Por aquí y por allá, enormes asadores con toda clase de aves y cajas de confitura, calabazote, mazapanes y confites. Y muchísimas cazuelas con arroz, huevos y queso. “En invierno los granizos son de huevos y chorizos”. Cuando nieva “son buñuelos, bizcochos y caramelos”. La gente se baña, cuando hay calor, “en estanques de licor”. Pero para encontrar un lugar deleitoso no hace falta llegar tan lejos ni tener a mano tantos buñuelos. Gabriel Celaya expresa bien esos lugares en que se entrega la felicidad: “Cuando me he despertado, permanezco tendido con el balcón abierto. Y amanece (…) y veo, boca arriba, reflejada en el techo la ondulación del mar y el iris de su nácar (…). ¿No es felicidad lo que amanece?” (“Momentos felices”).

3. Hay quien relaciona su posibilidad con la actitud vital. En God & Gun. Apuntes de polemología, Sánchez Ferlosio trata, entre otras cosas, de la felicidad. En un momento determinado recuerda una función de teatrillo que se daba una mañana de verano de 1959 en el Parque del Retiro. Y nos dice, varias veces, que cuando “el argumento se quedó parado (…) sobrevino la felicidad”. Alude al Hegel convencido de que “la historia no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco”. Y en consecuencia establece Ferlosio “una tajante contraposición” entre dos términos: felicidad y satisfacción. En el tiempo de la felicidad “cada instante está en sí mismo y no en función de un antes y un después”. El tiempo de la satisfacción, hoy hegemónico, es de carácter proyectivo. En él se da “la inclinación de preferir la parte de la satisfacción y los valores con la contrapartida de renunciar a la parte de los bienes y la felicidad”.

4. Pero, aun siendo signo personal, puede intentarse construir un microclima donde la felicidad florezca más fácilmente. Y de la misma forma en que hay quien ofrece listas de las ciudades más felices (casi siempre gana Copenhague), contradiciendo (parcialmente) a Ferlosio, hace algunos años se puso en marcha en Bristol el “Proyecto Ciudad Feliz”, apadrinado por Mike y Liz Zeidler. Según dicen, una ciudad feliz es “básicamente una ciudad peatonal, con lugares de remanso y de encuentro, sin abruptas diferencias entre los que tienen y los que no tienen, alternando la continuidad y la diversidad, con un ritmo propio y contagioso, necesariamente humano, marcado por sus habitantes y no por las pautas comerciales, y menos aún por el tráfico incesante”. No parece muy difícil. Asumido por el ayuntamiento de la ciudad, publican informes anuales en los que se intenta medir el bienestar vecinal mediante varios indicadores como índices de satisfacción, huella ecológica, desigualdad económica, la distribución y el número de diversos equipamientos sociales y culturales, el acceso a los parques y a las instalaciones deportivas, la movilidad urbana o la existencia de mercados locales y huertos comunitarios. Ya digo: no parece difícil. Y concluyen: “La felicidad puede ser el puente que necesitamos entre el cambio personal y el cambio social”. Os deseamos suerte,… ¿bristolianos?


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